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En las sociedades autoritarias el silencio (el acto de hacer silencio, de vivir en el silencio) se identifica con el acallar las ideas.
En las sociedades democráticas, donde las ideas pueden ser vociferadas, cantadas, o susurradas libremente con todos los fines posibles, el silencio deviene una opción ecológica y, sobre todo, un ejercicio más de la democracia. El derecho de todo individuo al silencio es visto como una opción dentro de la elección libre de su espacio acústico.
Es en el ambiente sonoro de la ciudad donde este derecho se encuentra más fragmentado, más difuso. Nuestro espacio acústico suele disociarse de aquél de nuestros deseos reales, y muchas veces acudimos entonces a la simple necesidad creada: sintonizar una canción particular en nuestro reproductor de mp3 como cortina aislante de los ruidos de la urbe; en vez de pensar y replantear desde el fondo -es decir, desde el silencio mismo- el derecho de todo ciudadano a la no contaminación de su espacio auditivo. Tapar ruido con más ruido pareciera ser la ley de la jungla urbana de sonidos.
Rompiendo el automatismo
silencio_espacio te ofrece interactuar con la parte histórica de la ciudad desde un lugar acústico y, de esta manera, reflexionar sobre cómo lo que oímos puede determinar la forma en que sentimos un espacio. Te interpela a considerar, aunque sea por un breve momento de tu día, que el sentido del oído es tan determinante como el resto de los sentidos, y que la imposición arbitraria de lo que escuchamos puede resultar –en ciertos casos– la opción menos democrática. Te brinda la posibilidad de jugar, desde el impacto, con tu sentido del oído. Así, silencio_espacio rompe el automatismo de la percepción.
¿Por qué el Jirón de la Unión?
Este punto céntrico, excesivamente transitado, representa un motivo importante en la identidad limeña por su valor histórico, institucional, económico, social y comercial. El ritmo de la ciudad acostumbra a vaciar de significado determinados espacios intercambiables donde el ser humano es anónimo, como los medios de transporte, las grandes cadenas hoteleras, los supermercados, e incluso los campos de refugiados, un centro comercial, o bien una calle peatonal. "No lugar", como conceptualizó el antropólogo Marc Augé, es allí donde nadie puede ejercer un control o un cierre de significado en cuanto al espacio ocupado, espacio que es de todos y de nadie, lugares puramente ‘de tránsito’. Allí, el hombre no vive ni se apropia de estos espacios con los que tiene más bien una relación de consumo.
El final de la peatonal Jirón de la Unión es un punto clave para entender estas dinámicas urbanas.